miércoles, 10 de junio de 2009

EL SUEÑO DE UN SUEÑO

( I )

La luz apareció por detrás del horizonte, inexorablemente puntual pero lejana, cotidiana pero desconocida, emitiendo solo la energía necesaria para poner en movimiento a los habitantes de aquel lugar, que día con día efectuaban la misma labor sin alterar en nada el monótono ritmo de su existencia. ¿Existencia? En fin, lo escribo así por llamarle de alguna manera. La población de aquel lugar estaba integrada por la raza de los oníricos, conocidos así pues su ciudad se llamaba Oniria., nadie sabia el porque del nombre pues todo era tan antiguo, que el origen de los nombres de cada lugar en Oniria se había perdido mucho tiempo atrás. Sin embargo había algo seguro en aquel lugar…que todos tenían una actividad única y común y era la actuación.

Con la primera luz del amanecer se ponían en movimiento y se dirigían al Domus, un gigantesco teatro situado en la cima de Ariem, la montaña más alta de Oniria.
El Domus, además de ser el gran teatro de la ciudad y centro de trabajo de toda la población, era también el hogar del Guionista, el director de todas las representaciones en el Domus. El Guionista era una mezcla de sacerdote y gobernante, que en estado de trance entraba en contacto con la divinidad, interpretando los extraños símbolos que aparecían en el techo y las gigantescas paredes interiores del Domus, y traduciéndolos al lenguaje onírico, así el guión de la obra, o sueño como se le llamaba en Oniria al desarrollo de una obra en el Domus, estaría listo para la siguiente jornada de trabajo. Y en eso trabajarían todos bajo la amenaza (¿que religión no las tiene?) de que si las representaciones no se llevaran a cabo, si el gran soñador no recibía su sueño, Oniria entera desaparecería pues la Divinidad podría enloquecer, y nadie querría vivir en el mundo de un Dios sin cordura.

Estos seres no tenían forma definida, eran amorfos y tenían el color y el brillo fosforescente pero falso del gas neon. Avanzaban flotando, sin tocar el suelo, a veces recorrían el camino dejándose llevar por el viento como tristes hojas de otoño. Sin embargo cada uno de ellos tenía una esencia propia, algo que solo siendo de su misma raza podrías captar, y de esa manera cada habitante de Oniria era diferente a cualquier otro de su misma raza, con sus rasgos particulares, completamente individual. Solo al iniciar una representación tomaban alguna forma y podía ser cualquiera, un perro, un gato, una puerta, una flor, una piedra, una silla, un ser humano y este ultimo, según la doctrina impartida por el Guionista, era lo más semejante a Dios mismo, así que representar a uno de ellos era gran motivo de orgullo para un onirico. Sin embargo, ellos solo podían representar, imitar, mas nunca intentar ser. Intentar siquiera imaginar que ellos eran más que un simple actor, era motivo para ser expulsado de Oniria y según el Guionista, fuera de ella cualquier onírico se extinguiría de inmediato. Y semejante amenaza parecía ser muy efectiva, pues nunca en la historia de Oniria, alguien se había revelado, nunca nadie había sido expulsado.
Luego de la representación volvían a su apariencia original y jamás quedaba en ellos algún rastro, rasgo o característica del ser u objeto representado. Los oníricos, siendo la materia prima de un sueño jamás soñaban, irónico pero cierto, eso estaba reservado solo a Dios, el gran soñador. Que un onírico soñara era algo absurdo, imposible, equivalía a ser Dios mismo.

Luego de terminar las labores en el Domus, volvían a sus hogares, no podría decirse que fueran parlanchines, hablaban poco entre si, y parecían estar siempre melancólicos durante sus ratos libres, su mente parecía estar siempre en otro lugar.
Al caer la noche y ya con todos sus habitantes en ella, Oniria vista a la distancia, parecía invadida por miles de luciérnagas que deambulaban por sus calles o se les podía ver andar dentro de sus casas, pues el brillo de los oníricos, aunque algo apagado, no dejaba de ser un brillo en medio de la noche. Era algo verdaderamente bello ver aquella ciudad fosforescente, iluminada nada menos que por sus propios habitantes.
Una pequeña luz estaba a una buena distancia de las otras, se veía solitaria en medio de la oscuridad reinante, era Khin que una vez mas se alejaba de la ciudad, le gustaba hacer eso seguido cuando volvían del Domus. Le gustaba esperar a que la oscuridad se asentara totalmente sobre Oniria, para luego alejarse a un sitio solitario y apartado de los demás. Mientras flotaba por ahí, le gustaba ver como su propio brillo iba develando las cosas ocultas por la oscuridad, iba de un lado a otro silbando una extraña melodía sacada quien sabe de donde. A veces cerraba los ojos y se dejaba llevar por el viento, después de un rato los abría y se daba cuenta cuanto se había alejado de Oniria y entonces retomaba el camino de regreso...


Alan.

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