Esta tarde el sol libero a sus niños dorados en el camino que conduce a casa de mi madre. Rayos de sol tierno, cantarín, revelador, sonriente. Pegue el oído a la puerta para escuchar los pasos de mama que acudía a abrirme alertada por el timbre. Pasitos lentos, serenos, andar de quien ya no tiene prisa, de quien habla el idioma del tiempo. Se abre la puerta y me recibe una sonrisa muy especial, esa que solo las madres saben dar a sus hijos. Entro y la abrazo, cierro los ojos y mientras lo hago, siento que estoy abrazando el infinito, millones de soles contenidos en ese tierno universo que es mi madre.
Alan
lunes, 21 de junio de 2010
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