
Es un pensamiento recurrente que llega siempre que estoy observando la ciudad a través de algún gran ventanal, y si es en algún bar mucho mejor, que placer estar ahí con una copa de vino tinto, escuchando al trovador en turno mientras mi vista se pierde en la ciudad. En un momento así, es fácil que la nostalgia se siente junto a ti a compartir el vino añejado en las barricas del recuerdo. Al acabar la tarde las luces de la ciudad contrastan sobre el fondo oscuro de la noche, y ante mi aparece un mapa trazado con luz mercurial. Desde mi lugar observo cada punto del laberinto de luz, empiezo a recordar lo vivido en cada zona, en cada calle, en cada punto del mapa de mi vida. Desde atrás del ventanal busco una calle que converja hacia el punto donde estoy, a veces la encuentro, a veces no, pero siempre las recorro con la vista y a todas les doy nuevos nombres. Nombres sacados de mi pasado, de mis recuerdos, pues en cada calle viví algo y ese algo siempre estuvo acompañado de un alguien. Y cambio los rostros en los panorámicos, encuentro corazones labrados en cada árbol, nombres y fechas tatuados en la piel de la ciudad. En cada esquina me topo con presencias intangibles de juventud eterna, que me hablan desde el otro lado del cristal que las contiene, que dejan la huella de sus labios en la superficie del tiempo muy lejos de mi carne, muy cerca de mi alma. Aspiro el aroma del vino y le doy un trago, que dulce sabor amargo, tan parecido a la sensación que te produce la nostalgia. La edad de mi vida se calcula contando recuerdos, el camino recorrido por ella se calcula andando cada calle que converge hacia mi, descubriendo el nombre secreto de cada una, acariciando los tatuajes en la piel de cada árbol, de cada kilómetro de asfalto, encontrando besos pintados en cada aparador, en cada libreta. Habria que convirtirse en un Grenouille, para identificar la composición de cada perfume que rodea cada uno de mis recuerdos.
Alan.



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